¿Somos una sociedad verdaderamente libre?

Por: María Pedroza Chávez

Como comunidad, nos acostumbramos a hablar de igualdad, respeto y diversidad. Sin embargo, seguimos siendo testigos de situaciones que nos obligan a cuestionar cuánto de todo eso hemos construido realmente. Porque la libertad no puede ser un concepto vacío, una palabra que repetimos de memoria mientras hay quienes sienten miedo de mostrarse tal como son, de expresar su identidad o de amar sin ser juzgadas.

Genera bronca e impotencia que, en pleno siglo XXI, la existencia de alguien siga siendo motivo de burla, rechazo o violencia. Indigna que existan sectores que crean poder decidir qué identidades merecen respeto y cuáles no. Y, sobre todo, preocupa que muchas veces estas situaciones sean minimizadas, justificadas o simplemente ignoradas por el resto.

Pero esta reflexión no puede detenerse únicamente en quienes ejercen la agresión. También tenemos que mirarnos a nosotros mismos. ¿Qué hacemos cuando escuchamos un comentario discriminatorio? ¿Qué lugar ocupamos cuando alguien es atacado por ser quien es? ¿Somos realmente ajenos a esa violencia cuando elegimos mirar para otro lado?

Una sociedad no se construye solamente a través de las grandes decisiones políticas; se edifica día a día en nuestros discursos, en nuestros vínculos y en aquello que permitimos que se naturalice. El silencio, cuando los derechos de alguien están siendo vulnerados, deja de ser neutralidad y se convierte en una forma de complicidad.

Por eso, el orgullo no es solo una celebración: es un acto de memoria política y una forma de recordar que ninguna persona debería tener que pedir permiso para existir. Es una respuesta contundente frente a quienes pretenden convertir la dignidad en una discusión interminable. Nuestros derechos no son una opinión, ni una concesión, ni una categoría que dependa de la aprobación ajena.

Una sociedad verdaderamente libre no es aquella en la que todos piensan igual, sino esa donde las diferencias jamás se transforman en motivos de persecución. La libertad de una persona no puede cimentarse a costa de la libertad de otra, y la igualdad nunca será real mientras sigan existiendo vidas clasificadas como de menor valor.

Quizás la pregunta de fondo no sea solamente si somos libres, sino qué estamos haciendo para que todas las personas puedan serlo. Porque mientras alguien tenga que vivir con miedo, mientras alguien deba defender su derecho a existir, nuestra libertad colectiva seguirá estando incompleta.

El orgullo no se negocia. La dignidad no se debate. Y una sociedad que pretende llamarse libre tiene el deber ineludible de demostrarlo.

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