Por: María Pedroza Chávez
En Argentina, hablar de política parece haberse vuelto cada vez más difícil. Algo que debería ser tan común como expresar lo que uno piensa termina convirtiéndose, muchas veces, en una discusión o en un motivo para que alguien te mire distinto. Me llama la atención que no siempre haga falta decir demasiado para que una conversación cambie de tono. A veces alcanza con expresar una opinión que no coincide con la del otro para que aparezcan los cuestionamientos, descalificaciones o esa necesidad de demostrar que el otro está equivocado.
Y lo que más me preocupa es que esto se está volviendo bastante habitual. Parece que ya no alcanza con no estar de acuerdo: también hay que juzgar a quien piensa distinto. Como si una postura política pudiera definir por completo a una persona,como si por pensar de determinada manera ya supiéramos cuáles son sus valores,qué defiende o qué clase de persona es. Me cuesta entender por qué nos resulta tan difícil aceptar que alguien puede mirar la misma realidad que nosotros y llegar auna conclusión completamente diferente.
Creo que ahí está el verdadero problema: en la intolerancia frente a una opinión que no es la nuestra. En esa dificultad para escuchar algo con lo que no coincidimos sin sentir que tenemos que responder, discutir o defendernos. Y lo vemos todo el tiempo, en las redes sociales, entre amigos, en las familias y hasta en conversaciones que empiezan tranquilamente y terminan mal por una diferencia política. A veces, parece más fácil no decir lo que uno piensa antes que tener que soportar una reacción negativa.
Y es una pena, porque hablar de política también debería ser una oportunidad para intercambiar ideas, para escuchar otras experiencias y, por qué no, para cuestionar algunas de nuestras propias certezas. No significa que tengamos que cambiar de opinión cada vez que alguien nos contradice, ni que debamos estar de acuerdo con todo. Significa entender que una conversación no tiene por qué convertirse en unapelea y que el desacuerdo no tiene por qué terminar en una falta de respeto.
Me parece llamativo ver en qué se está transformando nuestra sociedad. ¿En qué momento empezamos a tomar las diferencias como algo personal? ¿Por qué cuesta tanto aceptar que alguien pueda pensar distinto sin que eso se convierta en un problema? No deberíamos tener que medir cada palabra por miedo a que una opinión política termine afectando un vínculo o haciendo que alguien nos juzgue.
La política no es algo ajeno a nuestra vida. Tiene que ver con nuestros derechos,con la educación, con el trabajo y con el país en el que queremos vivir. Por eso es importante hablar de ella, discutir y defender aquello en lo que creemos. Pero si cada vez que alguien expresa una postura diferente la respuesta es el rechazo, ¿cómo hacemos para construir un debate real? ¿Cómo podemos escucharnos solamente estamos dispuestos a aceptar las opiniones que coinciden con las nuestras?
Vivir en democracia no significa que todos tengamos que pensar igual. Al contrario,significa que podamos expresar nuestras ideas, defender nuestras convicciones y participar de la vida pública sin que nuestras diferencias se conviertan en una razón para agredirnos. La libertad de expresión no debería valer solamente cuando escuchamos algo que nos gusta o con lo que estamos de acuerdo. También implica reconocer que el otro tiene el mismo derecho a expresar una opinión que nosotros no compartimos.
Y esto no quiere decir que todas las ideas sean iguales, que no podamos cuestionarlas o que tengamos que aceptar cualquier postura sin discutirla. Podemos estar profundamente en desacuerdo con alguien. Podemos señalar lo que consideramos injusto, discutir sus argumentos y sostener nuestra posición con firmeza. Pero hay una diferencia enorme entre cuestionar una idea y descalificar ala persona que la sostiene. No es necesario dejar de defender lo que pensamos para respetar a quien piensa diferente.
Personalmente, me preocupa que nos estemos acostumbrando a esta forma de relacionarnos. Que una discusión política pueda pesar más que el respeto quetenemos por alguien, que una diferencia alcance para alejarnos y que, muchas veces, el silencio parezca la única manera de evitar un conflicto. Porque cuando dejamos de expresar lo que pensamos por miedo a la reacción de los demás, algo de esa posibilidad de debatir libremente también se pierde.
No tenemos que votar igual, compartir las mismas ideas ni tener la misma mirada sobre el país. Somos personas distintas, con historias y experiencias diferentes, y es lógico que no siempre coincidamos. Lo importante es que podamos reconocer esas diferencias sin convertirlas en una competencia para ver quién tiene razón o en una excusa para tratar mal al otro.
Quizás no logremos ponernos de acuerdo en todo, y tampoco hace falta. Pero si podemos aprender a escucharnos un poco más, a discutir sin agredir y a entender que nadie tiene la obligación de pensar como nosotros. Defender nuestras convicciones no debería significar cerrarnos a cualquier otra mirada.
Porque, al final, lo preocupante no es que existan distintas opiniones políticas. Eso es parte de una sociedad libre y democrática. Lo preocupante es que nos cueste tanto convivir con ellas. Pensar diferente no debería convertirnos en enemigos.
Debería ser una oportunidad para demostrar que, incluso en nuestras diferencias, somos capaces de respetarnos.
